lunes, 23 de enero de 2017

Feminismo y género: ingeniería social al asalto de la Tradición.


"La lámpara del cuerpo es tu mirada; 
si tu mirada es pura, todo tu cuerpo estará lleno de luz. 
Si tu mirada es maligna, todo tu cuerpo estará en tinieblas."
(Mt. 6:22-23)


"Esta historia ya puede contarse ahora, porque la necesidad misma está aquí en acción. 
Este futuro habla ya en cien signos; este destino se anuncia por doquier; 
para esta música del porvenir ya están aguzadas todas las orejas."
(Nietzsche, La voluntad de poder, Prefacio)


Aunque lentamente, en los últimos años han comenzado a surgir voces discrepantes ante los excesos dogmáticos del feminismo moderno y los cada vez menos disimulados métodos de ingeniería social que propaga y emplea para sus alcanzar fines [1]. Pero aunque ya ha habido valientes intentos de conformar un discurso teórico crítico en este sentido se carece todavía de un análisis del feminismo desde una perspectiva que pudiera ser considerada tradicional. Resulta particularmente llamativo que buena parte de las críticas recientes a que hacíamos alusión antes contra este subproducto ideológico provengan del ámbito de la izquierda libertaria. Pero también por este motivo, y pese al valor y perspicacia de tales análisis, no es posible encontrar hasta la fecha una crítica desde presupuestos tradicionales o perennialistas. Para encontrar una opinión fundada en este sentido hemos de seguir remontándonos a los análisis que hiciera J. Evola durante los años 20 y 30 del siglo XX, acerca de la feminización de la sociedad y la 'guerra de sexos' -hoy diríamos 'guerra de géneros'-, análisis proféticos en todo caso que mantienen hoy, pasado casi un siglo, toda su vigencia y actualidad.  

Sin duda, ante la virulencia que muestran las operaciones de ingeniería social disfrazadas de ideología política y envueltas tras un falso disfraz de tolerancia y multiculturalismo, las críticas se harán cada vez más frecuentes en el futuro próximo, tanto en el ámbito privado como en la esfera pública, pero, si se desea que tales críticas vayan más allá de la mera expresión de protesta contra un orden que nos viene dado y al que solo cabe plegarse, y que contribuyan al reenderezamiento de los acontecimientos, el análisis crítico debe dirigirse sin ambages a combatir el núcleo teórico y la agenda revolucionaria de tales pseudo-ideologías de la postmodernidad.

A pesar de la censura invisible que actualmente se nos trata de imponer a través de la interiorización de conceptos como el de 'políticamente correcto' es un imperativo reaccionar ante el tsunami disolvente con que la postmodenidad hace tabula rasa de todo lo que encuentra a su paso, dejando tras de sí un desolador horizonte de ruinas y escombros sobre el que fundar su nuevo orden, muy probablemente algún tipo de transhumanismo. 

Reaccionar es justamente el sentido real de la palabra reaccionario, tan empleada actualmente por parte de los perros de presa del Nuevo Orden Mundial (NWO) y su neolengua como 'palabra policía' que puede ser arrojada contra cualquiera que se separe del dogma hegemónico. No se debe temer por tanto ser vilipendiado con la misma pues apunta precisamente en la dirección correcta, la de la necesaria reacción, ya que quien no reacciona ante las circunstancias actuales de deterioro social y cultural, siquiera sea en su fuero interno o en su círculo más próximo de familiares y amistades, se convierte en corresponsable del mismo.

Cuando nos centramos en las críticas más recientes dirigidas al feminismo, los argumentos de las mismas giran en torno a varios ejes que van desde lo político y sociológico hasta el estudio de las biografías de los extravagantes, y en ocasiones siniestros, personajes que se han erigido en profetas del género y el feminismo, ideologías ambas cada vez más inseparables e indistinguibles entre sí pues se apoyan y necesitan mutuamente en su labor de transformación -demolición- social. A nadie se le oculta ya a estas alturas que el feminismo es la consumación del programa revolucionario-ilustrado de deconstrucción del orden social tradicional y uno de los últimos peldaños en la instauración del 'nuevo orden'. Se trata por tanto de situar el feminismo en su contexto, no ya histórico, sino filosófico y sobre todo metafísico, que es el que lo ha hecho posible. 

Por otro lado y como apuntábamos al inicio, casi toda la crítica actual al feminismo se concentra en aspectos circunstanciales del mismo, como pueden ser sus excesos activistas, su radicalismo teórico, su empleo de una neolengua de odio o sus cada día más evidentes consecuencias negativas para la sociedad en su conjunto comprometiendo su misma supervivencia -desplome de la natalidad, nuevas formas de explotación como los vientres de alquiler, fertilidad cada vez más dependiente de la tecno-ciencia, etc.-, pero en muy pocas ocasiones se repara en sus principios fundadores y objetivos ocultos, los cuales solo salen a la luz cuando se sitúa el feminismo en un contexto más amplio que el habitual, que es el propio de la retórica postmoderna de las 'luchas por la emancipación' en que se mueven nuestros contemporáneos. 

Así, atendiendo solo a su dialéctica más perversa y a sus formas arrabaleras y violentas, se han generado ciertos mitos y falacias a nivel popular, como que hay muchos feminismos, o que existen unos feminismos 'moderados' y otros 'radicales', etc. Todo esto en realidad no responde más que a la errónea percepción de que el feminismo se ha 'radicalizado' en los últimos tiempos, lo cual no deja de suponer una curiosa paradoja pues esta presunta radicalización y deriva violenta hacia el 'hembrismo' y la 'androfobia' coincide con el momento en que el feminismo cuenta con una mayor aceptación social y con el nada despreciable apoyo de todo el aparato estatal y legal. Esta contradicción no parece llamar la atención de nadie y menos aún del 'feminismo moderado', que parece encontrarse muy a gusto a la sombra del estado por una parte y consintiendo la deriva radical e inquisitorial por otra. 

Ser víctima de estos engaños denota cierta ingenuidad respecto a cómo funciona y se aplica la Ingeniería Social (IS) pues supone no advertir las estrategias de divulgación que están detrás de la difusión del feminismo y aquí encontramos una muy evidente: una estrategia insidiosa que los psicólogos denominan de 'pie en la puerta', dirigida a doblegar la resistencia del oponente al hacerle aceptar una fracción del todo que se propone como objetivo en tanto es aparentemente un 'mal menor'. Lo que en principio parece una leve cesión es en realidad una brecha irreparable que se va ampliando sin parar con el tiempo y con el acoso de nuevas campañas insidiosas. Una prueba tan reciente como definitiva de lo que decimos nos la ofrece el hecho de cómo en tan solo dos décadas se ha podido pasar del discurso de la búsqueda de la supuesta 'igualdad' y de exigir el matrimonio homosexual al adoctrinamiento de menores en la delirante ideología -sería más adecuado decir ingeniería- de género apoyada y dirigida por el propio estado.   

Hay que señalar que para que semejante estrategia basada en el avance insidioso resulte efectiva y creíble ante la opinión pública es indispensable la existencia de reductos híper-radicalizados que no duden en emplear la amenaza, la censura, la sanción social o incluso la violencia cuando se estime oportuno. Este papel lo cumplen a la perfección ciertos sectores fanatizados propios de ambientes undergound que se presentan a sí mismos como revolucionarios anti-sistema y anti-capitalistas. Una vez más la extrema izquierda sirve -consciente o inconscientemente- a los oscuros intereses de la agenda globalista. No cabe duda que estos grupúsculos están dirigidos -lo sepan o no, poco importa- desde otras instancias, pues son esenciales para el éxito de sus estrategias homogeneizadoras a largo plazo. No estamos por tanto ante dos o más feminismos -que, por cierto, nunca se han enfrentado entre sí- sino ante una apariencia de pluralidad fabricada artificialmente que consta de una vanguardia o punta de lanza extremadamente ideologizada y radical que tiene como objetivo insertar ciertas ideas -a menudo reducidas a simples palabras de neolengua- en el cuerpo social y prepararlo para la llegada de las 'tropas regulares' de apariencia más educada y moderada. 


Otra falacia que se ha impuesto en las últimas décadas es que un mundo en el que las mujeres tuvieran más poder decisorio sería un mundo mejor y más pacífico. Estamos ante otra estrategia de preservación del status quo de tal grosería lógica que da pereza verse obligado a rebatir semejante argumentario: ¿cómo pueden esperarse diferencias significativas entre mujeres y hombres  provenientes del mismo nicho socio-cultural y económico y que comparten todo: educación, valores y aspiraciones? ¿Alguien toma en serio estos argumentos? O es más bien un discurso emitido desde el poder para contentar, empleando la ya clásica estrategia de visibilización, a las mujeres de las clases trabajadoras. Estamos por tanto ante una estrategia de 'lavado de cara' de la oligarquía, lavado de cara que tiene actualmente uno de sus pilares fundamentales en la feminización de la sociedad. Es lo que se ha denominado en ocasiones como el estado maternal -o Big Mother-, de carácter eminentemente sobreprotector y castrante. Se da entonces la aparente contradicción de una sociedad en extremo  afeminada pero a la vez enemiga de la mujer -feminicida-, de su rol social tanto como de sus valores y simbolismos auténticos y tradicionales. Podemos decir que a medida que aumenta la visibilización de lo femenino en un nivel superficial y exterior, más se debilita y destruye lo femenino real en la sociedad. Esta deriva del estado paternalista pero riguroso hacia un estado de apariencia buenista y maternal pero que supone en realidad una inversión de los tradicionales valores de la feminidad y por tanto supone su perversión fue ya advertido a comienzos del siglo XX por Guénon y Evola, y es bien descrito en la actualidad por autores de orígenes tan diversos como Dalmacio Negro, Fabrice Hadjhadj o Ibn Asad. 

Es por estas razones que el feminismo se reduce cada vez más a una estrategia de propaganda y marketing, una máscara o envoltorio con que vender un producto, a saber el de la permanente renovación y actualización de las oligarquías.  Visibilidad, a esto se reduce el feminismo de estado, visibilidad que es un acto de propaganda y de adoctrinamiento a la vez. Una estrategia que implica una suerte de participación vicaria por parte de las mujeres de la clase trabajadora a través de un proceso de identificación con las propias élites que las dominan; es así que puede designarse como un objetivo de primer orden 'feminizar la política' o decirse sin escándalo que el ascenso de una mujer a la cumbre de las élites globalistas es un triunfo de todas las mujeres. 

Por lo demás la experiencia desmiente semejantes ilusiones pueriles, por ejemplo cuando analizamos la presencia de las mujeres en política, muy alta comparada con otros gremios profesionales. Mujeres como Lagarde, Merkel o Hillary Clinton son los ejemplos más sobresalientes de 'empoderamiento' en un mundo de hombres -inseparables del globalismo, por cierto-, mujeres que poseen una enorme influencia política y social. Se trata de personajes mediáticos a quienes muchas mujeres de las clases medias y trabajadoras ven, gracias a la labor de los medios de adoctrinamiento de masas, como modelo de mujer que triunfa en el consabido 'mundo de hombres'. Cuando la clase trabajadora asume tal estereotipo de mujer 'liberada' y 'empoderada' interioriza en sí misma el discurso del poder, un discurso elaborado cuidadosamente para los dominados y que esas mismas élites pretenden extender y perpetuar. 

La conclusión es que resulta indudable que el feminismo moderno forma parte de un programa de fractura social completo, que no dudamos en calificar de revolucionario -en el sentido exacto del término- que no podía mostrarse como tal en sus comienzos a riesgo de no lograr nunca el más mínimo apoyo social y encontrar una invencible resistencia incluso de las mismas mujeres. Por esta razón ellas, las mujeres, fueron la primer objetivo de su operación de ingeniería social. 

Antes de explicar el contexto revolucionario al que el feminismo sirve y que no es otro que la modernidad misma, resumamos muy brevemente las críticas más interesantes efectuadas en la última década al mismo.




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Feminismo, género y otros entes disolventes. 

Una de las características que ha recibido más atención por parte de la crítica, coincidente además con el análisis que hiciera Evola en el primer cuarto del siglo pasado, es el carácter sumamente androginizador y feminicida del feminismo moderno. Aunque en la actualidad se ha superado con creces esta fase y el alcance del feminismo va mucho más allá, dirigiéndose ya sin reparos también contra la masculinidad, en un principio este movimiento centró su ataque en el 'rol femenino' y muy en particular en la maternidad, hecho hacia el que el feminismo ha manifestado siempre un especial horror. 

Así fue advertido hace tiempo desde la psicología profunda y el psicoanálisis, aunque sus análisis y críticas han sido generalmente silenciados por el velo censor de lo políticamente correcto. Y es que esta es otra de las caras más habituales del feminismo moderno que ha llamado la atención de la crítica: su carácter dogmático, intolerante y censor hacia toda opinión discrepante. 

Otro factor reseñable es que, como todos los subproductos ideológicos de la postmodernidad el feminismo hace un uso muy hábil de la neolengua y la 'guerra de palabras'. Lo hace por ejemplo al mostrarse siempre como víctima, o al criminalizar al 'adversario', que es básicamente todo aquel que no comparta sus ideas o las ponga en duda. Lo hace también al abandonar conscientemente los argumentos teóricos y recurrir sistemáticamente a la emocionalidad y los 'bajos instintos', en particular el acostumbrado recurso al odio, el cual siembra en la sociedad de forma muy consciente [2]. Así por ejemplo es cada vez más habitual el argumento de que el hombre que no se reconoce como feminista justifica o defiende todo tipo de injusticias, opresión y violencia contra 'la mujer', lo cual es un argumento tan manipulador como delirante.

Todo esto sucede con total impunidad y ante cualquier protesta los argumentos son siempre los mismos: quien piensa o se expresa con esta radicalidad es una minoría dentro del feminismo, poco representativa frente a la mayoría 'moderada'. Actualmente en occidente decirse feminista no es una opción, es una obligación y una imposición social que hay que aceptar sí o sí a riesgo de ser tachado socialmente de machista, opresor o reaccionario. El dogmatismo liberticida de la izquierda encuentra aquí el aliado perfecto en el puritanismo mojigato de lo 'políticamente correcto'. Una minoría virulenta, que cumple la función de vanguardia del movimiento es jaleada y protegida sistemáticamente por la mayoría silenciosa, más conservadora y cobarde, y por el poder mismo que les otorga una sobre-representación mediática. 

En este sentido podrían citarse muchos constructos elaborados artificialmente por el feminismo para justificar su misma existencia y reivindicaciones; quizá el ejemplo más significativo por la trascendencia social que ha tenido es el de 'heteropatriarcado', un concepto marcadamente político que se hace pasar por científico y con el cual se persiguen varios fines: deslegitimar el orden social tradicional -objetivo revolucionario donde los haya-, estigmatizar la normalidad y culpabilizar a la mayoría social acusándola de complicidad y colaboracionismo con el secular orden opresor

Des este modo el objetivo revolucionario de 'invertir' el orden social se hace evidente a través de condenar el 'hecho masculino' por violento y opresor per se. Cabe preguntarse si existe algún modo más sutil de dividir una sociedad hasta su misma raíz que convencer a la mitad de la misma de que el enemigo es la otra mitad. Este discurso de la división nos recuerda aquellas campañas propias de los totalitarismos del siglo pasado en que se acusaba a una minoría social -étnica, política, religiosa, etc.- de todo los males de la misma, con la particularidad nada despreciable de que en la retórica postmoderna este odio se dirige contra la mayoría social ya sean hombres o mujeres. Sorprende ver que semejantes estrategias propagandísticas, indudablemente dirigidas a sembrar el odio y el rencor en la sociedad y dinamitar la convivencia, siguen sirviendo a sus propósitos. 

Como ya ha sido advertido por algunos autores la división en géneros es una continuación de la lucha de clases marxista pero en un nivel más personal e íntimo, pues se persigue la propia identidad individual -lo que resulta groseramente descarado cuando se habla de 'lucha de sexos'- . Un objetivo este, por cierto, para el cual el feminismo ha construido extravagantes alianzas en las últimas décadas con otras 'minorías'. 

Muy unido al anterior punto está otro de los aspectos cruciales que ha señalado la crítica: hasta qué punto el feminismo actual encubre y sirve a los intereses del poder tecno-capitalista, reproduciendo y fomentando sus valores como son el individualismo, el hedonismo consumista, o el ideal de auto-construcción del sujeto. 

Constructivismo, relativismo y anti-esencialismo juegan aquí un papel esencial al difundir ideas como que, puesto que todo es relativo y fruto de un consenso social -el viejo 'contrato' roussoniano-, no existe una 'normalidad'. Pero si esta no existe, ¿por qué habría que perseguirla o vilipendiarla constantemente desde los medios? La corriente constructivista toma su forma más extrema en el mito -o superstición- de la auto-construcción del sujeto, impulsado por todas estas corrientes de 'emancipación' social que han fragmentado y atomizado la sociedad en las últimas décadas hasta dejar al sujeto completamente solo, aislado de sus semejantes, dependiente por completo del ente estatal y sin posibilidad de rebelión, resistencia o defensa. 

Ya que tocamos un tema tan actual como el de la normalidad y la 'auto-construcción' del sujeto puede ser conveniente decir algo al respecto. Nos topamos aquí con algunas de las ideas esenciales de la postmodernidad, las cuales por otra parte no están exentas de absurdos lógicos y contradicciones internas. Este ejemplo además nos servirá para demostrar nuestra tesis de que el par feminismo-género no se detendrá jamás pues su propia mentalidad les obliga a seguir perseverando y profundizando en el error, sean cuales sean las concesiones sociales que se hagan o las prebendas políticas que se concedan. Tras imponer socialmente su división entre sexo -biológico- y género -cultural- se ha comenzado a cuestionar el sexo mismo como hecho en sí. La finalidad es situar lo cultural por encima de lo biológico, es decir como si la ideología tuviera superioridad sobre la naturaleza. Cuesta imaginar un cambio en las relaciones de producción o en la relación hombre-medio natural por parte de gente que no admite ni siquiera el 'hecho natural' básico y definitivo que es el sexo y pretende modificarlo a voluntad [3]. 

Este camino de otorgar superioridad a lo cultural sobre la naturaleza es bien reconocible cuando se trata de imponer como normal socialmente lo que es notoriamente excepcional e incluso en ocasiones anti-natural. Es evidente que tales planteamientos no resisten la crítica argumental y por ello deben ser impuestos con censura y dogmatismo. Y lo mismo puede decirse de la extensión de estos delirios al ámbito infantil y con los mismos propósitos: quebrar la naturaleza e imponer la 'cultura', o mejor dicho lo que ellos denominan así. Este ejemplo además nos ilustra en otro aspecto decisivo: estas ideas tienen su origen sin excepción en la intelectualidad del sistema que sirve de vanguardia intelectual a todas las frivolidades imaginables que se popularizan por un proceso de destilación para el que es indispensable como dijimos la colaboración de la pseudo élite académica y el ambiente más radicalizado de la contra-cultura. 


No podemos entrar en este tema que nos alejaría de nuestro presente objetivo, pero baste decir que estas tendencias son inseparables de la ruina artística de occidente. El arte ha sido rebajado a la condición de provocación, el feísmo y lo grotesco han sido impuestos como nueva norma en todos los ámbitos de la sociedad, por ejemplo en el cine -y muy especialmente en el cine dirigido al público infantil- y la música, ámbitos fundamentales en la estrategia de propaganda actual. 

En definitiva es la belleza -la Belleza en un sentido platónico- lo que es perseguido y negado, en tanto es testimonio del Bien y de la Verdad. Es imposible no advertir en todo ello un rencor y un revanchismo hacia lo bello más propios de niveles inferiores de la manifestación -que cabe denominar diabólicos- que de la condición humana, que debe aspirar de forma natural y sana a lo bello y lo bueno. Y es fácil advertir que la idea básica que se esconde detrás de estos movimientos que son fruto del relativismo moderno, no es otra que la negación de la existencia de la Verdad y una rebelión contra el orden natural. 

Volviendo al punto de partida, al asumir el conglomerado de ideas disolventes presente en la corriente constructivista de la postmodernidad, el feminismo facilita la dominación psicológica de los sujetos a la vez que invisibiliza un orden en extremo anti-natural y anti-social, como es el modo de vida actual, por ejemplo en lo que respecta al trabajo, el ocio e incluso las costumbres alimentarias, las cuales se intenta desnaturalizar progresivamente. 

Nos encontramos así con que una minoría de mujeres, auto-erigidas en 'élite intelectual', un tanto al modo de la vieja casta sacerdotal de las antiguas religiones, y mostrando un moralismo sorprendentemente riguroso, se dota a sí misma de la autoridad de decir al resto de mujeres -y hombres- lo que es aceptable e inaceptable, lo que es machismo y lo que es igualdad, y en definitiva cómo deben vivir y comportarse en tanto mujeres. No tenemos duda que si semejantes dogmatismo y moralismo fueran difundidos bajo el nombre de una fe religiosa serían objeto de oposición activa y firme por parte de la mayoría social...

Por último señalemos que el feminismo no es, como en ocasiones se presenta, un movimiento popular, nacido de las mujeres trabajadoras, tampoco sus reivindicaciones son universales. 
Debería resultar ya de por sí sospechoso que el foco desde el que el feminismo se ha extendido en diversas oleadas haya sido nada menos el mundo universitario, protegido y mantenido por los mismos poderes -el estado 'patriarcal, machista y opresor'- que decía combatir. Esto ya debería poner sobre aviso a muchos incautos que se suman con facilidad a cualquier bandera que ven agitar. Estamos ante un movimiento claramente burgués, que comparte su origen con las ideas del socialismo, y que como tal adolece de los mismos defectos que todas las ideologías revolucionarias y burguesas, como puede ser su carácter claramente urbanita, frívolo e intelectualmente soberbio, el desprecio a la cultura popular, rural y tradicional -por ejemplo hacia el papel tradicional de la mujer en la sociedad pre-industrial-; todo ello gestado al calor de esa pseudo-intelectualidad que gusta de presentarse como revolucionaria y anti-sistema pero es realidad burgués-capitalista de factoY esto es así incluso en su forma más primitiva y superficial: la que dice buscar la igualdad igualando a las mujeres con los hombres y aceptando el modelo masculino como modelo normativo al que se asocia el triunfo social y el poder. 

Nos encontramos ante un caso más de revolución impulsada por las élites biempensantes -como la misma revolución francesa- para el "beneficio" y la "emancipación" de las clases más oprimidas, a las que se trata de guiar y tutelar en lo que deben pensar y hacer a fin de que acepten como un bien un orden que ni han elegido ni pueden cambiar.


La agenda oculta tras la revolución postmoderna.

En general al hablar de las pseudo-ideologías de la postmodernidad nos topamos una y otra vez con el gran mito fundador y sustentador de la modernidad, el mito del progreso, sobre el cual se edifican todas las revoluciones y mediante el cual se justifican todos los desastres. Lo cual, como advierte muy sagazmente Lucien Cerise [4], es una anormalidad histórica de profundas y terribles consecuencias. Una anormalidad porque mientras todas las sociedades han perseguido fundar un orden claro y duradero, la civilización moderna se jacta de su misma indefinición y transitoriedad, rinde culto al cambio y la novedad intentando constituir una sociedad en permanente transformación [5]. Una carencia de orden que es en sí un nuevo tipo de orden: el desorden revolucionario

El ciclo revolucionario comenzado con la revolución francesa, con su culto a la novedad, su fe inquebrantable en el hombre y su pueril progresismo no podía sino desembocar inevitablemente en una sociedad informe o amorfa donde todos los valores son disueltos en el relativismo y en la cual no existe ya comunidad humana sino una mera suma de individualidades a la busca de su propio interés de forma egoísta e insolidaria. Estamos ante lo que el profesor A. Dugin ha denominado 'el pantano', es decir una sociedad carente de tierra firme e incluso de cualquier asidero: todo en la vida del ciudadano postmoderno es provisional y variable, nada hay seguro ni estable, y a decir de los profetas del feminismo y el género ni siquiera su propia identidad. Es fácil reconocer también en todo esto lo que Z. Bauman denominó 'sociedad líquida'.  

Así la filosofía del egoísmo radical ha conducido finalmente a una disolución del ego mismo, pero no por arriba, hacia algo más elevado, como es el objetivo de una verdadera Tradición espiritual, sino por abajo, hacia la materia, representada por la fiebre consumista y el ansia de experiencias. Y la inmersión en la materia conduce inevitablemente a la disgregación, como ya advirtiera Guénon [6]. 

Para lograr la aceptación de este nuevo orden revolucionario por parte de los dominados el control del imaginario psicológico del ciudadano resulta ser un factor decisivo y esto se logra a través de la propaganda y la reeducación por una parte y la disolución de las costumbres por otra. Este ha sido el papel de estratégico que ha cumplido la izquierda, un verdadero aparato de disolución de la identidad tanto colectiva como individual. Un papel que la rebelde izquierda ha ejercido difundiendo un ideal frívolo y hedonista de la vida, el viejo eslogan 'sexo, drogas y rock&roll'. 


Todo esto es particularmente visible desde los años 60 y 70 en que la contra-cultura -es decir la cultura underground- comenzó a hacerse con la 'hegemonía cultural' del mundo occidental. El movimiento feminista actual no es distinto de los otros movimientos 'emancipadores' que surgieron al tiempo de esa corriente que se ha denominado mejor o peor 'marxismo cultural' y que se ha adaptado siempre de manera muy conveniente al modelo de capitalismo en vigor en cada momento. 

Una vez el sujeto postmoderno, la víctima, se apega a ideas tan absurdas, injustificadas y cambiantes como las modas o asume con normalidad entrar en una espiral sin fin de relaciones tan pasajeras y efímeras como aquellas, es ciertamente mucho más fácil hacerle aceptar el 'nuevo orden' del postcapitalismo y la globalización: ni su trabajo, ni su salario, ni su familia, ¡ni siquiera su identidad personal!, están a salvo de la corriente de disolución. Se le dice que tiene que adaptarse, doblegarse, 'refundarse' o deconstruirse, ser más maleable,  abandonar todo juicio moral o ético, pero que en todo caso la culpa solo puede ser suya. Así se naturaliza el orden actual dibujándolo como un sino inevitable. 

No es despreciable el papel que han jugado en este programa de deconstrucción sistemática que implica a la sociedad y al sujeto, la filosofía, las humanidades y las ciencias sociales en general al despreciar el valor de la verdad y el orden y exaltar por el contrario el valor del cambio y lo efímero a través del relativismo y un exagerado énfasis en los 'procesos' y el 'conflicto social'. Como hemos señalado un camino paralelo ha seguido el arte moderno. Para la filosofía de la postmodernidad lo amorfo, lo informe es, en su carencia de concreción y límite, más valioso que aquello que tiene forma y está por tanto fijado y limitado, es decir solidificado. Aunque suela ser pasado por alto, estamos ante un problema metafísico de primer orden y de hecho, volviendo a Guénon, podría describirse como un retorno voluntario al caos primigenio. 

Todo esto podrían parecer frivolidades propias de intelectuales académicos si no fuera por varias razones. En primer lugar porque los 'filósofos', la pseudo-élite intelectual de occidente -los Deleuze, Derrida, Foucault, Lacan, etc.-, no hacen sino justificar con sus argumentos un programa socio-político ya en curso. En segundo lugar porque, aunque ellos se cuiden de decirlo, la metafísica -o en un nivel más concreto y pedestre, la cosmología- influye decisivamente en cómo los hombres, es decir los miembros de una sociedad particular, 'ven' el mundo. Es decir, la metafísica supone una influencia decisiva a nivel cognitivo, una suerte de programación del sujeto a nivel inconsciente. 

Esta es la razón por la que estas 'ideologías' son divulgadas no a través del discurso racional, sino principalmente a través de la industria del ocio y el entretenimiento -la música pop, el cine, las series de televisión, etc.-, verdadero 'núcleo irradiador' del nihilismo y el relativismo. No todo el mundo va a la universidad, pese a lo cual esta sigue siendo un importante órgano de adoctrinamiento en nuestra sociedad. Por ello, es mucho más práctico y efectivo divulgar la neolengua de forma implícita a través de la 'propaganda suave' de un videoclip musical o una película de éxito que con sesudos argumentos. Por otra parte la carencia argumental y la grosería lógica son cada vez más habituales en el discurso hegemónico, algo que también ha sido advertido por L. Cerise y que él relaciona con la incipiente decadencia de esta intelectualidad y su ausencia de reemplazo. 

Para la postmodernidad, todo lo heredado, ya sea de orden biológico, psicológico o socio-cultural, es considerado impuesto sobre la individualidad, de modo que, de modo muy acorde con el ideal democrático, 'liberarse' es despojarse de lo 'heredado' o innato y poder elegir. El mundo como pasillo del hipermercado. Otro caso de un nuevo comportamiento que en pocas generaciones -concretamente dos- ha tenido un efecto profundo en la manera de pensar y entender el mundo. Todo debe ser 'elegido' libremente por el individuo postmoderno. La exaltación del individualismo ilustrado y moderno -el ideal del héroe auto-construido que se rebela contra su sociedad, impensable en la sociedad clásica- tenía que conducir inevitablemente al absurdo lógico y vital del discurso nihilista actual. Sus partidarios parecen no ser conscientes de sus propias contradicciones ni importarles mucho el futuro, como por ejemplo que sucede con el patrimonio cultural o el mismo lenguaje. De momento y por suerte para ellos, a pesar de todos sus 'progresos', todavía nos encontramos en la fase de demolición cultural. Aún quedan peligrosos remanentes que nos recuerdan el odioso pasado y bolsas de realidad donde no existe la libertad del pasillo de supermercado -que es su modelo de mundo ideal- para poder 'elegir'. Y el principal de estos núcleos que recuerdan que el individuo no es tabula rasa ni vive en una burbuja es la familia. 

He aquí los frutos de los movimientos emancipadores del siglo XX: un sujeto alienado, deconstruido, incoado, preso de su soledad, debilitado psíquicamente, a menudo víctima de sí mismo, sin red social y humana en que refugiarse, explotado en su tiempo de trabajo y manipulado en su tiempo de ocio, en el cual aún se ve obligado a encontrar una apariencia de sentido a su vida. El sujeto postmoderno es como un leño que flota en el mar tras el naufragio, su destino abandonado a donde el oleaje de las efímeras modas quiera dirigirlo. Así la postmodernidad llama emancipación a lo que es en realidad desarraigo, soledad y alienación.



El carácter diabólico de los agentes de la disolución.


Hasta aquí, todo lo dicho ha sido advertido ya por los teóricos de la postmodernidad y la ingeniería social -se puede citar a A. Dugin o a Soral- así como también por los cada vez más frecuentes -aunque silenciados socialmente- disidentes del feminismo, muchos de los cuales son testimonios de primera mano pues provienen de la izquierda radical y del activismo político [7]. Pero, aunque no es el caso de los autores que hemos citado, en general el fenómeno de crítica y disidencia se aleja del feminismo actual solo para reclamar 'otro feminismo'. 

Ahora bien, la modernidad es una rebelión contra el orden tradicional al completo, y lo es como manifestación de una rebelión aún más profunda: su rebelión anti-metafísica contra Dios, o, si se prefiere, contra el Principio Supremo en el cual se ancla una civilización cualquiera -según la conocida metáfora empleada por Gurdjieff una sociedad tradicional es un árbol cuyas raíces están en el Cielo- y sin el cual esta no podría existir pues volvería inmediatamente al caos. De ahí, de esta renuncia a los Principios, proviene su permanente intento de humanización de Dios y de  'divinización' del hombre. Es aquí donde aparece una contradicción insalvable pues si atendemos a los principios que inspiran y nutren el feminismo moderno vemos que éste no puede ser otra cosa diferente de lo que es y no puede evitar convertirse en lo que se ha convertido: la expresión final del empoderamiento de la individualidad -erigida en sagrada- y la desintegración definitiva de la sociedad y su dimensión comunitaria. Este es el punto verdaderamente decisivo y es aquí donde debemos situar el feminismo en su auténtico contexto metafísico. 

Es bien sabido que la etimología de la palabra diablo -Διάβολος-  nos remite a lo que separa y divide, en contraposición a la palabra símbolo -σύμβολον- que apunta a aquello que une o reúne lo roto y separado [8].  
Por tanto el diablo puede ser reconocido de algún modo en todo aquello que divide, separa o en la expresión evangélica 'siembra la cizaña' (Mateo 13:24-52).  

No cabe duda que las ideologías de la modernidad tienen mucho de esto y que el diablo está bien presente en ellas de diversas formas pues todas ellas promueven directa o indirectamente alguna división de la sociedad que las acoge en términos 'irreconciliables'. El caso más paradigmático es sin duda la división en clases sociales presentadas como eternas enemigas entre sí que teorizó la dialéctica del marxismo.  

Ahora bien, si observamos la modernidad desde el punto de vista de la Tradición Perenne, es decir desde un punto de vista que aspira a contemplar lo eterno e invariable, vislumbramos una corriente que ha existido a lo largo de toda la historia y que se expresa como un ataque sin paliativos por parte de esa fuerza de división contra toda unión o unificación del hombre con la realidad que le supere o trascienda. 

Este asalto a la sociedad tradicional por parte de las fuerzas disolventes de la contra-Tradición no ocurre de una manera caótica o azarosa -aunque en ocasiones muestre esa apariencia- sino de manera muy inteligente y siguiendo unas dinámicas y etapas muy estrictas. 

Recordemos para entender el proceso que estamos a punto de describir que el objetivo último del diablo es separar al hombre de su verdadera Naturaleza, es decir hacerle olvidar su origen y quién realmente es. Por lo tanto este ataque a la Tradición es solo aparentemente contra Dios y contra la forma que lo  sagrado toma en el mundo, pues en realidad el ataque se dirige contra el hombre, a costa de seducirle con promesas de liberación y paraísos en la tierra. Dicho ataque ha seguido varias etapas que vamos a resumir a continuación, cuya principal característica es haber avanzado desde lo más exterior y social hacia lo más interior y personal. 
  • Si tuviéramos que describir la 'estrategia diabólica', en una primera etapa se trataría de 'separar' al hombre de lo divino en todas sus manifestaciones, incluso aquellas no estrictamente religiosas, por ejemplo las artísticas o folclóricas, a fin de de cerrarle el acceso al mismo. Siendo que la sociedad tradicional se orienta de modo natural hacia lo divino -simbólicamente lo celeste- a través de la religión y lo sagrado de modo análogo a como una planta se orienta al sol, el primer ataque debe ir dirigido aquí para doblegar al hombre hacia la materia -simbólicamente lo terrestre e inferior-. En efecto la historia nos muestra que así fue, y en dos direcciones paralelas: corromper la fe, los ritos y el arte sacros; y por otro lado convencer a los hombre de que todo lo espiritual es irreal, de creación humana y que responde a ilusión o mera superstición. Es decir esta fase del ataque es de carácter principalmente filosófico, racional y anti-Intelectual. Por ello en esta primera etapa encontramos por una parte el auge de las herejías protestantes -que recordemos tuvieron desde su origen un contenido político innegable- y por otra parte el desarrollo del materialismo filosófico y el racionalismo humanista, ambas corrientes de un reduccionismo pueril y dirigidas a enseñar a las generaciones más jóvenes el desprecio por su Tradición. Su forma más actual es el cientifismo, desde cuyos prejuicios se abordan incluso los asuntos históricos, teológicos o religiosos. 
  • Una vez logrado el objetivo de separar a la sociedad de lo Sagrado y a sus miembros de cualquier influencia de carácter superior -es decir de toda influencia verdaderamente Intelectual- por medio de que dejen de considerar que tal influencia existe y es posible, en una segunda fase el peso de la acción diabólica debía recaer sobre la sociedad misma tratando de fragmentarla en diversos sectores, cada vez más, que se verían progresivamente enfrentados entre sí por sus intereses. Es decir la sociedad debe dejar de ser vista como un todo orgánico para ser entendida como una caldera en permanente conflicto y ebullición. La sociedad deviene poco a poco en campo de batalla y la vida humana en una lucha sin fin, una carrera por superar al otro, que ya no es un igual, un vecino, un compañero, sino un enemigo, que queda definido bajo el conocido eufemismo de la 'competencia'. He aquí el auge de la política y el derecho modernos. Destaquemos el papel que han jugado a partir de la ilustración las modernas 'ideologías políticas', que algunos denominan incluso 'religiones políticas' y que intentaron suplantar en muchos aspectos la religión a fin de hacerse con la voluntad del pueblo. Y aquí también es destacable la labor de suplantación pseudo-religiosa emprendida por la ideología marxista, que es la que más se parece a una 'nueva religión' y que fue la forma política más pura que tomaron en occidente la filosofía materialista y el giro anti-metafísico consumados en la etapa anterior. Recordemos también las ideologías de corte liberal,  el darwinismo social, la doctrina de la competitividad, etc.
  • Una vez fragmentada y enfrentada la sociedad entre sí, lo cual facilita su control por parte de los poderes en la sombra a través de las conocidas estrategias de 'triangulación de conflictos' (L. Cerise), en una tercera fase -y ésta es la que nos interesa especialmente aquí- las fuerzas disolventes, que ya hace tiempo están desencadenadas, alcanzarán los núcleos básicos de la sociedad: la familia, las relaciones humanas -especial atención merecen aquí las relaciones familiares así como el universo de las relaciones de pareja, hombre-mujer, que se verán dinamitadas con la inestimable ayuda de la denominada revolución sexual- y por último la mente y el cuerpo del propio sujeto al que pretenden disolver. Si la familia es el órgano básico de una sociedad -no el individuo-, su núcleo de producción y reproducción (F. Hadjhadj), una vez alterada esta, la tendencia infrahumana debía dirigirse lógicamente al último pilar que posibilita la existencia de la sociedad en sí: la mujer en tanto figura clave de la reproducción biológica y a la vez símbolo de la transmisión y la continuidad cultural de la sociedad misma. Así, llegados a este punto en que tanto la reproducción como hecho biológico como la transmisión de culturas, saberes y modos de ser y vivir se convierten en objetivo del ataque infernal, la supervivencia de la sociedad misma se ve comprometida. Este es el trabajo de demolición que porta la modernidad y la labor infernal que cabe calificar literalmente de diabólica

Es en esta última fase en la que nos encontramos y prueba de ello es el giro siniestro del feminismo hacia la llamada 'ideología de género', que preferimos llamar aquí 'ingeniería social de género'. Si la viabilidad y la reproducción de toda sociedad descansa sobre los géneros y su necesaria cooperación esta última fase debía dirigirse primero contra la convivencia y la familia para luego dirigirse a la propia identidad -de género y sexual- individual a la que pretende disolver como todo lo demás. 

En resumen, es innegable para cualquier observador libre de prejuicios que el feminismo moderno ha sido ante todo un proyecto de ingeniería social dirigido a demoler la sociedad por su misma base y una vez logrado esto el siguiente peldaño a recorrer en este descenso nihilista es quebrar toda resistencia al dominio de la mega-máquina -que ya se ha adueñado de toda la producción humana (Hadjhadj, Ibn Asad)- incluso en un nivel individual. Es decir destruir al hombre, lo cual se logra privándole de sus cualidades esenciales, aquellas que le hacen ser lo que es, es decir descualificándole. Cuando reste tan solo la substancia humana sin su esencia -cualidad- particular no podrá hablarse propiamente de hecho humano (Ibn Asad, La danza final de Kali). Y este es el camino que advertía Guénon hacia la disolución y la indefinición del fin de los tiempos, que en este estado final de la manifestación es un reflejo inverso del caos primigenio que se hallaba pleno de potencias y posibilidades. 


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Como vemos el feminismo es un subproducto ideológico más, tan totalitario y dogmático como las otras ideologías revolucionarias y heredero de sus mismos prejuicios. Hemos indicado también que dentro de esta tendencia 'revolucionaria' que va contra la sociedad primero y contra el hombre después el feminismo tenía que aparecer, en un primer momento como ataque a la feminidad, al 'eterno femenino' de Goethe, para, en una segunda fase, dirigirse también contra la masculinidad y acabar en una tercera fase afrontando una lucha declarada contra los sexos y comprometiendo el destino de la sociedad misma.

La modernidad es una rebelión contra los límites, contra todos los límites, y estos no son solo sociales o religiosos sino también naturales y biológicos, de modo que una vez derribados los límites sociales -muros de contención que sujetaban la destructiva Hybris de la modernidad-, el impulso nihilista debía acabar dirigiéndose inevitablemente contra la misma naturaleza humana. En este punto nos encontramos. No es exagerado por tanto, decir que ya está en marcha la batalla contra los mismos sexos biológicos, en tanto última frontera o límite natural que queda por derribar, tal y como ya se puede advertir en los sectores más radicalizados y underground de estos movimientos revolucionarios y que sirven una y otra vez de punta de lanza a los mismos. Por ello defendemos, coincidiendo con Cerise y Dugin, que el transhumanismo es el horizonte a que conducen subproductos ideológicos propios de la postmodernidad como el feminismo y la ideología de género.


Identidad y libertad de conciencia: los últimos bastiones. 


Resumiremos en una serie de puntos todo lo dicho hasta aquí:
  • El feminismo es un movimiento gestado y divulgado desde la denominada 'élite intelectual' de occidente, básicamente constituida por la muy influyente casta universitaria inseparable de la 'élite política'. Desde tales instancias se acometió a partir de los años 60 una particular 'revolución cultural' especialmente disolvente por defender principios claramente anti-sociales y egoístas, enmascarados tras la apariencia de emancipación, el relativismo y el nihilismo filosóficos. Todo un movimiento cultural-revolucionario que fue apoyado, protegido y financiado por el estado y el gran capital. Una vez más queremos abundar en el papel crucial que jugó la filosofía de la posguerra a la hora de legitimar y difundir tal discurso entre la juventud [8].
  • Dicha 'revolución contra-cultural' -cuya corriente de pensamiento se ha dado en llamar popularmente 'marxismo cultural'- posee un carácter en extremo despótico y paternalista propio de la agenda burguesa ilustrada -'Todo para el pueblo pero sin el pueblo'- y además impositivo hacia las clases trabajadoras, entendidas como inferiores y necesitadas de tutela.
  • Aunque de carácter burgués en su origen y objetivos, el feminismo fue propagado entre las clases populares principalmente por los movimientos sociales underground, la extravagante contra-cultura que adquirió carta de legitimidad a partir de los años 60 gracias al apoyo mediático, es decir estatal-capitalista. No es por tanto sorprendente que su agenda aparentemente anti-sistema sirva a los intereses de la minoría que detenta el poder político y económico.
  • La asunción de dicho conglomerado de ideas y creencias por parte de los sectores populares fragmenta y lamina la sociedad a la vez que facilita la dominación de las mismas por parte del sistema de producción-consumo en vigor, tanto por la quiebra paulatina de su estructura y red social como por el debilitamiento del orden psíquico al hacerles asumir una ideología del poder -individualismo, hedonismo, competitividad, carencia de sentido de sacrificio, liberalismo, darwinismo social, etc.- basada en la impermanencia y la competitividad. 
  • El fin a que aboca dicho 'feminismo' -como toda la 'revolución contra-cultural'- es la disolución del tejido social y con ello la anomia social y la imposibilidad  práctica de reproducción de ese colectivo humano, es decir su muy probable extinción; y esto no solo en sentido cultural como es ya evidente sino, viendo los derroteros que toman actualmente las 'ideologías de la emancipación', también biológico.
  • Dicha disolución del tejido social conduce inexorablemente a la disolución psíquica del individuo que se encuentra abocado a una dependencia total y exclusiva de la tecno-ciencia para su desarrollo y supervivencia. Una pérdida de autonomía del ser humano incluso en sus aspectos más básicos, biológicos y naturales. Dependencia de la mega-máquina que el feminismo moderno parece aceptar de buen grado.  
Todo esto basta para demostrar que el feminismo moderno, además de hundir sus raíces en el programa revolucionario ilustrado y ser por ello una expresión de la más descarada acedia anti-tradicional, es insostenible sin el sistema de creencias del paradigma moderno y sin el desarrollo científico e industrial del mismo, radicalmente anti-natural. 





Reflexiones finales. La naturaleza como sustrato inevitable del hecho humano.


La modernidad es comparable a un río que se ha desbordado y que, tras haber aniquilado los muros de contención de la sociedad, amenaza ahora con destruir también los muros y límites de la propia naturaleza humana y quién sabe si quebrarla irreparablemente. Este hecho supondría un cambio que superaría lo cuantitativo para entrar de lleno en lo cualitativo -como advirtiera R. Guénon-. 

Es hora de denunciarlo de forma clara y contundente y prepararse de forma seria y decidida para encarar el problema, ya que no va a ser tarea fácil lograr un re-enderezamiento de la sociedad que suponga devolver las aguas a su debido cauce. Ciertamente en este punto podríamos reflexionar sobre la ilusión moderna de concebir al hombre fuera de la naturaleza y enfrentado a la misma, una ilusión peligrosa y sostenida por el cientifismo. Esta idea puede contraponerse a la idea tradicional de la tierra como Madre. Aunque la tecno-ciencia ya comienza a dar señales de querer suplantar a la naturaleza en el imaginario colectivo y convertirse en una Madrastra, el hecho es que pese a su brutalidad la moderna técnica no está fuera de la naturaleza y sin esta simplemente dejaría de existir. Por ello cabe confiar en que si el hombre no vuelve al sentido común por propia voluntad la misma naturaleza le obligue a ello y le impida la consumación de las frivolidades transhumanistas. Quizá profundicemos en estas ideas en otra ocasión. 

Volviendo a la agenda revolucionaria de feminismo y género, hasta ahora hemos visto protestas parciales, dirigidas casi siempre a denunciar, contener o paliar en parte los efectos perniciosos de este programa ilustrado pero casi nunca dirigidas  al programa mismo, que sus partidarios siguen exigiendo aplicar a la sociedad, de modo que éstos han seguido avanzando sin apenas trabas en su agenda anti-social y anti-natural, calificando su diabólico proyecto de 'humanismo' cuando se trata de un plan contra el hombre y vanagloriándose de una supuesta 'superioridad intelectual'. 

Ha llegado el momento de denunciar todo ello como lo que es, un mal. Es un imperativo situarse contra la modernidad, sus promesas mesiánicas y sus emancipadoras 'revoluciones' que van laminando poco a poco, generación tras generación, al hombre. 

Y esto obliga -entre otras cosas- a situarse sin ambages ni tibieza en contra del feminismo moderno en tanto expresión consumada de esta misma modernidad, así como todos los otros movimientos emancipadores, tomen la forma que tomen, podridos todos ellos desde su misma raíz: el individualismo, el materialismo, el nihilismo hedonista y la anti-Tradición. 





  


[1] Quisiéramos destacar la labor de tres autores españoles cuyos aportes consideramos cruciales: Félix Rodrigo Mora, Prado Esteban y Tania Gálvez San José. Sus artículos sobre el tema se pueden encontrar fácilmente en internet. 

[2] Un ejemplo actual de la estrategia que apuntamos es, ante cualquier crítica teórica a las pseudo ideologías del feminismo y el género, el recurso sistemático a los casos de violencia "machista", estrategia con la que se pretende impedir cualquier debate de ideas y se encubre la carencia de argumentos. 

[3] Un ejemplo reciente tomado de la legislación para quien pueda pensar que exageramos: Ley 2/2016, de 29 de Marzode Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación de la Comunidad de Madrid:
"... se ha de otorgar soberanía a la voluntad humana sobre cualquier otra consideración física. La libre determinación del género de cada persona ha de ser afirmada como un derecho humano fundamental."

[4] Cerise, L., Gouverner par le chaos. Max Milo Editions, 2010.

[5] Una vez más encontramos un paralelismo profundo entre el mundo de las ideas y el mundo de arte por ejemplo en la postmoderna idea del work in progress.


[6] Guénon, R., El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. Paidós, 1997.


[7] El propio L. Cerise es un caso reconocido de ello. 


[8] No debe pasarse por alto la etimología asimismo de la palabra religión: del latín re-ligare, volver a unir.

[9] Es llamativo el papel desempeñado por el par J. P. Sartre-S. de Beauvoir, siniestros personajes que se han convertido en un icono de la 'revolución contra-cultural' a que nos referimos y son idolatrados aún actualmente por la izquierda radical y aquellos que se califican a sí mismos como revolucionarios y anti-sistema. Además de esta 'extraña pareja' el otro gran nombre de la revolución contra-cultural que se ha hecho un hueco en el imaginario colectivo es M. Foucault. 

Al margen de estos nombres y su incuestionable influencia hay que reconocer el papel de la intelectualidad francesa en todo este proceso, equivalente en el mundo de las ideas a lo que ha supuesto la influencia norteamericana en el mundo del arte a través del cine, la música pop y las artes plásticas, todo ello dirigido a destruir cualquier resto de 'cultura popular' y de 'pensamiento sólido' y por tanto susceptible de apuntar a un contenido tradicional


4 comentarios:

Tete Llorens dijo...

Contento de leer un nuevo post.
Un artículo sensacional y oportunísimo.
Un saludo.

Vaca de munchos collores dijo...

Magistral

Anónimo dijo...

Macho, las comas están para algo. Es una auténtica pesadilla leer este texto.

Anónimo dijo...

Las comas están en su sitio, un gran post, gracias.