jueves, 12 de febrero de 2015

Castas y clases (I)

Si hay un ámbito en que se muestra de forma evidente el carácter 'inverso' o 'especular' de la sociedad moderna respecto de la sociedad tradicional es sin duda aquel que se refiere al orden social'. En las siguientes líneas compararemos a grandes rasgos el orden social que representan idealmente ambos modelos de sociedad.  

Las sociedades tradicionales se basan idealmente, tal y como es reconocido incluso a nivel del imaginario popular, en un modo de reparto de las funciones sociales ordenado según unas 'castas' o estamentos cerrados mientras la sociedad moderna, que es la 'inversión' más o menos exacta del modelo tradicional como veremos en lo que sigue, se ordena en función de las llamadas 'clases' sociales. 

Ahora bien, sobre el sistema de castas existen multitud de ideas preconcebidas y falsas, provenientes tanto del desconocimiento acerca de su verdadera naturaleza, origen y función, como de los poderosos prejuicios anti-tradicionales que ha logrado imponer al cabo de los siglos la ubicua propaganda de la modernidad disfrazada siempre de humanismo, progresismo e igualitarismo. Por esta razón sería necesario llevar a cabo una exposición detallada y en profundidad acerca de la sociedad de castas y todo lo que ella implica pero por el momento no abordaremos dicha exposición y nos limitaremos, en esta ocasión, a la comparación general de ambos modelos de sociedad: la tradicional basada en 'castas' y la moderna basada en 'clases'. 



Generalmente se alega como un argumento a favor de las clases el hecho de que estas sean de condición abierta y que el individuo pueda supuestamente modificar su posición en la sociedad a lo largo de su quehacer vital, mientras en cambio las castas constituirían, al menos en teoría, un sistema cerrado e invariable: a lo largo de su vida un individuo no puede cambiar de casta, la cual le es dada por nacimiento. 

En realidad lo que encontramos aquí es el clásico mito anti-esencialista, ambientalista y liberal de la modernidad según el cual todos los individuos son iguales y disponen de 'libertad' para hacer de sí mismos aquello que se propongan. La consecuencia inevitable de dicha superstición tan profundamente arraigada en la mentalidad del hombre moderno es creer que todos los individuos pueden acometer básicamente los mismos desempeños en su sociedad, razón por la cual los individuos se convierten en piezas perfectamente intercambiables y sustituibles entre sí, o al menos pasan a ser considerados como tales a ojos de su misma sociedad. 
En la concepción tradicional, las cualidades esenciales de los seres determinan su actividad; en la profana, por el contrario, los individuos son considerados como meras unidades intercambiables, como si carecieran de toda cualidad propia. (R. Guénon, La iniciación y los oficios)

Es decir los sujetos son desprovistos de toda individualidad y esencialidad, descualificados por completo, y la única cualificación que pueden poseer no les es dada por su individualidad -lo que sería reconocer diferencias congénitas, intrínsecas al ser- sino a lo sumo por el grado de aculturación y sobre-socialización -educación en la jerga moderna- que el individuo posee, grado que determina ante todo hasta qué punto dicho individuo es sumiso y maleable, es decir el grado de dominación que tal sujeto está preparado para soportar. 

Decimos que a través de tal ideología anti-esencialista y ambientalista se conceptúa a los individuos como meras piezas intercambiables, carentes de valor propio, lo que supone la aplicación extrema del 'punto de vista cuantitativo' del mundo -cuyos efectos Guénon denominara 'reino de la cantidad'- pero proyectado en este caso sobre la naturaleza humana. Y, en cierto sentido, y gracias a las nuevas formas que va adquiriendo actualmente el trabajo, cada vez más mecanizado y deshumanizado, esta posibilidad se va haciendo cada día más cierta y real. Posibilidad que se hace más palpable si cabe en un mundo donde el sujeto ve cómo se le niega tanto la dignidad de gobernarse a sí mismo y ser responsable de sí, como la misma posibilidad servil de un trabajo asalariado, envilecedor por naturaleza pero imprescindible para poder sobrevivir en un entorno absolutamente monetizado. 

Volviendo a la diferencia entre clase y casta, es fácil entender que un individuo no pueda a lo largo de toda su vida cambiar de 'casta' si se comprende el origen y la naturaleza profunda de ésta. La 'casta', que se supone dada por nacimiento, es en realidad una cualidad innata al ser e inseparable del mismo, el nacimiento aquí no tiene más valor que el de manifestar con hecho una realidad suprafísica, que está más allá de lo material. Y por otra parte su lugar en la sociedad posee el mismo significado profundo, pues está manifestando de manera observable y exterior quien es verdaderamente ese ser. Desde esta perspectiva tradicional la profesión, el oficio, es algo capital para el correcto desarrollo del individuo a lo largo de su vida y que debe estar en función de las cualidades innatas del mismo. Incluso el oficio puede convertirse en un medio o camino adecuado a su realización espiritual (R. Guénon). Puede compararse esta actitud con la realidad cotidiana de la modernidad en la que el individuo pasa por un sinnúmero de 'vidas' diferentes sin realmente profundizado en ninguna. Es evidente que el 'punto de vista profano' que domina por completo las mentalidades modernas es incapaz de entender semejante matiz. 

Por tanto, bien entendido, es imposible renunciar a la casta en ninguna circunstancia o momento de la vida [1]. Otra cosa es que un individuo determinado -con unas determinadas cualificaciones o aptitudes- pueda vivir toda su vida por completo al margen de su 'casta', es decir dando la espalda a sus tendencias o vocaciones más interiores y esenciales, ya sea debido al desconocimiento de sí mismo o a causa de determinadas circunstancias exteriores desfavorables -el imperativo social, el entorno familiar, etc...- que no le dejen lugar a desarrollar y expresar sus cualidades particulares. Esto es  perfectamente posible y de hecho es precisamente lo que ocurre hoy en día de forma generalizada y casi universal, gracias a la aplicación imperativa de las dañinas supersticiones de la igualdad y la movilidad/flexibilidad individual que exigen al hombre moderno traicionar a cada paso sus propias inclinaciones y conformarse -adaptarse en la retórica neodarwinista y neoliberal- a los requerimientos siempre cambiantes de la sociedad que le gobierna y manipula.   

Como hemos dicho, además del carácter cerrado e invariable de las castas, la descalificación más habitual contra ellas proviene del hecho de ser éstas supuestamente asignadas 'por nacimiento' pero la realidad es que la 'clase' no está menos condicionada por el nacimiento que la 'casta'. En realidad, lo que distingue a ambos conceptos no es nada relacionado con el nacimiento sino con el carácter esencial o contingente de las categorías mismas, es decir su condición de interior o exterior al ser mismo, según dónde se sitúe aquello que se considera socialmente más relevante y diferencial, y que en la sociedad moderna corresponde siempre única y exclusivamente a rasgos puramente exteriores: riqueza, apariencia, educación reglada, curriculum, etc... 

La 'casta' es sobre todo una condición interior del ser particular -como un sello de nacimiento podríamos decir-. La 'clase' por su parte se basa en un rasgo mucho más exterior, ajeno a la personalidad y por tanto en el fondo circunstancial, un puro accidente, lo cual es -pese a toda la desviada moral protestante que ha tratado de legitimar y naturalizar esta postura- mucho más arbitrario e injusto: sigue estando adscrita al nacimiento pero ahora no por ser algo propio de ese ser sino por derivar del entorno en que a ese ser le ha tocado nacer. En efecto un ser no posee por nacimiento la marca de su clase social, pero esta le será indeleblemente transmitida a lo largo del interminable proceso de educación, aculturación y opresión. 

Esta es la diferencia más básica y fundamental entre ambas concepciones del hombre y la sociedad, si la casta es ante todo una característica interior al ser particular y por tanto esencial al mismo, tan esencial que uno y otra son inseparables; la 'clase' es por completo exterior a él y por tanto circunstancial, algo muy propio de la modernidad donde todo juicio tiene por único criterio lo más observable y exterior. Y, tal y como veremos a continuación, esta desviación que toma siempre lo exterior como único criterio de juicio es una marca o un sesgo propio de la tercera casta. 



Por otra parte, las supuestas virtudes que a menudo se le suponen a una sociedad ordenada según 'clases' como es el caso de la sociedad capitalista moderna resultan inmediatamente desmentidas a la luz de los hechos para cualquiera que vea un poco más allá de sus propios prejuicios, pues a nadie se le puede ocultar que en la sociedad moderna existen élites -ante todo económicas- o que es excepcionalmente difícil -en la práctica imposible- cambiar de clase social a lo largo de una vida humana corriente, salvo casos muy excepcionales. Además hay que destacar que una sociedad basada en 'clases', no solo es -en virtud exclusivamente de los principios en que se basa- más ilegítima e injusta que una sociedad basada en 'castas' sino que también da lugar a un orden social mucho más desigual. En efecto en la sociedad de clases la diferencia y el privilegio se convierten en la 'marca de clase' que todos quisieran poseer y es en función de esta desigualdad diferencial que se juzga a todos. 

Asimismo hace falta estar muy cegado por los prejuicios para no percatarse de que son estas mismas élites las que marcan la agenda y dirigen el rumbo de toda la sociedad, de modo que sería muy desacertado creer que el devenir histórico de la sociedad moderna o el curso de los acontecimientos al respecto de cualquier materia está en la actualidad más influido por el grueso de la población que en cualquier otro tiempo histórico con que se quiera comparar. 

Por tanto un simple vistazo sirve para desbaratar la ilusión igualitarista así como la extendida superstición democrática según la cual los pueblos son ahora más dueños que nunca de su destino y participan como nunca de su historia. 




*


La 'sociedad de clases' como sociedad-modelo de la tercera casta.

Después de todo lo dicho podría parecer que al cambiar el concepto 'casta' por el concepto 'clase' la pirámide social en sí misma no se vea alterada en lo más mínimo en su forma y estructura. Podría pensarse que todo el orden social sigue más o menos igual y que el cambio de una palabra por otra obedece exclusivamente al empleo de un término que es en sí una herramienta idónea para justificar y apuntalar la consabida ideología liberal e individualista por medio de que los oprimidos se ilusionen sobre las bondades y la presunta movilidad de su clase social. 

Pero no es así en absoluto. Detrás de esta sustitución de los términos hay algo más profundo. El cambio en la denominación de los diferentes estamentos en que se dispone la sociedad, lejos de ser un suceso inocente, es una consecuencia del cambio en el 'principio ordenador' que rige toda la sociedad. Y fue precisamente debido a este cambio de 'principio ordenador' que los estamentos sociales pudieron pasar de ser considerados 'castas' a ser llamados 'clases'. 

El 'principio ordenador' de la sociedad moderna no es otro que el criterio economicista -que se presenta bajo varias formas: rentabilismo, produtivismo, avaricia generalizada, etc-, tal y como corresponde a la perspectiva de una sociedad capitalista, donde el valor e influencia social -sea de un individuo, un colectivo, una familia, etc.- se mide en función exclusivamente de los recursos -económicos, productivos, naturales, etc...- que se sea capaz de acaparar y controlar. 


Llegados a este punto, dos reflexiones se imponen.

En primer lugar hay que notar que la elección de este 'principio' como eje vertebrador y ordenador exclusivo de toda la sociedad es un hecho único y distintivo de la sociedad occidental y rompe radicalmente con todas las categorías y valores tradicionales. En las sociedades tradicionales existían diversos mecanismos reguladores para impedir, en la medida de lo posible, tanto una concentración excesiva de riqueza en pocas manos como que dicha concentración de riqueza coincidiera con la élite política e intelectual que dirigía la comunidad. Generalmente en una sociedad tradicional unos eran los miembros cuya opinión era más escuchada y respetada y otros eran los miembros más ricos y poderosos de esa sociedad. Sin embargo en la sociedad moderna ambos puntos coinciden: los más ricos son también los más escuchados y de hecho son los que gobiernan, directa o indirectamente. No en vano se ha calificado la civilización occidental de plutocracia. 

Pero en el caso de la desviación moderna no es tan solo que los más ricos resulten ser los más poderosos, sino que por el contrario tales individuos son respetados, escuchados y obedecidos justamente por ser los más ricos, lo cual manifiesta un servilismo indigno por parte de sus sometidos. Esto a todas luces es una anormalidad no solo en el buen gobierno de una sociedad sino también en la buena servidumbre a la misma, y constituye una excepción única en la historia. Sería largo debatir a qué puede deberse tal servilismo pero sin duda la ambición inculcada a las clases inferiores de 'llegar a ser como los poderosos' tiene mucho que ver en ello y en la permisividad con que se aceptan sus abusos y privilegios, privilegios que casan mal con el celebrado igualitarismo y que debieran considerarse un agravio comparativo.  

Es este criterio de valor radicalmente materialista y economicista que pone todo valor en las posesiones y las conquistas exteriores -y por ello en la apariencia de éxito y triunfo- lo que otorga su carácter diferencial y anormal a la sociedad moderna respecto a las sociedades tradicionales, organizadas en función de otros criterios, menos materiales y más interiores al sujeto, más ligados a su ser y relacionados con virtudes y/o cualidades morales de algún tipo. En la sociedad moderna actual solo se valora lo exterior de modo que resultan completamente accesorias las cualidades interiores, intrínsecas de la persona: valor, fidelidad, inteligencia, esfuerzo... Todas ellas parecen estar contenidas en la palabra éxito y se presumen a partir del hecho de ser rico, influyente o poderoso. 

Lo que es importante precisar llegados a este punto es que esta desviación no es para nada casual, sino que es una desviación -una herejía- propia de las tendencias más propias de la tercera casta -la de los artesanos y comerciantes-, y más concretamente de un sector concreto y minoritario de la misma; y se produce tal desviación precisamente porque esta casta no se siente sometida a ningún control ni limitación exterior, de modo que gobierna la sociedad en función de su particular criterio. Asumir tal criterio como valor social de juicio equivale a erigir el 'punto de vista' de la tercera casta como norma social absoluta y exclusiva, lo cual tiene consecuencias nada despreciables para todo el cuerpo social.  

Desde el punto de vista profano que domina la mentalidad actual podría pensarse que no tiene por qué existir una relación directa entre ambos hechos: materialismo y tercera casta. Ahora bien, la tercera casta es precisamente aquella que tiene asignado como ámbito de dominio y acción, el mundo físico [2], es decir la naturaleza, sobre la cual ejerce de manera legítima su soberanía, tanto a la hora de estudiarla -la ciencia- como a la hora de manipularla -la industria-. De este modo puede decirse que el materialismo -con sus corolarios de mecanicismo y productivismo- es de algún modo su manera natural, aunque abandonada a su suerte y conducida al extremo en el caso de la civilización occidental, de ver y entender la realidad; así como supone también, su ideología instrumental más idónea. 

Cuando esto se comprende se advierte de qué modo fenómenos como el capitalismo, el industrialismo, la obsesión por el progreso, el desarrollismo, e incluso la misma ciencia moderna, salvajemente materialista y manipuladora -una herramienta de sometimiento de la naturaleza en realidad-, son consecuencia natural de la aplicación del 'punto de vista' característico de la tercera casta y su concepción del mundo y la existencia a toda la realidad vital humana. 

Podemos concluir por tanto que la preeminencia de lo económico y lo material en la sociedad moderna se debe en primer lugar a que esta sociedad se ha desarrollado a partir del punto de vista exclusivo de la tercera casta, que es la que domina y regula de manera indiscutible la sociedad actual en todos sus aspectos, y que ha impuesto su ideología revolucionaria del nuevo orden social desarrollista y capitalista sobre toda la sociedad. 

Analicemos a continuación cuáles pueden ser las causas de que tal desviación haya podido tener lugar. 


*


[1] Esta idea nos acerca evidentemente al concepto hindú de swadharma.

[2] Del modo equivalente a como las dos castas superiores tienen asignados respectivamente el alma del hombre y la convivencia o el cuerpo social.